Quiba está en un borde de Bogotá donde la ciudad se encuentra con montañas, cultivos, caminos y agua.
Ese paisaje no fue solamente el escenario de las actividades. El territorio hacía parte de las preguntas: qué significa cuidar lo que está cerca, cómo se conectan las decisiones personales con una comunidad y de qué manera una historia puede ayudar a mirar de nuevo lo cotidiano.
Con niños y jóvenes, las jornadas pasaron por exploración, ciencia, reportería, teatro, semillas, ejercicios de confianza y conversaciones sobre sueños. No como una lista de actividades separadas, sino como distintas formas de relacionarse con el lugar y con quienes lo habitan.
Llegar también era aprender a mirar.
Las fotografías permiten recorrer esa experiencia desde los paisajes amplios hasta los gestos pequeños: escuchar, sembrar, recibir, confiar, conversar y volver a casa con algo nuevo entre las manos o en la cabeza.