Antes de pensar en el futuro, hubo que volver a preguntarse quién soy.

Durante tres meses, 35 jóvenes vinculados al Bienestar Familiar encontraron un espacio para hablar de identidad, propósito y la posibilidad de construir un proyecto de vida propio.

Hay preguntas que parecen sencillas hasta que alguien intenta responderlas de verdad. ¿Quién soy? ¿Qué tengo para ofrecer? ¿Qué quiero hacer con mi vida? En Fundación Michín, esas preguntas acompañaron un proceso que no buscaba entregar respuestas prefabricadas, sino abrir un espacio para que cada joven pudiera empezar a reconocer las propias.

Durante los encuentros se trabajaron identidad, carácter, confianza, inteligencia emocional, valores, habilidades personales y liderazgo. Pero detrás de cada tema había algo más profundo: mirarse con otros ojos, descubrir capacidades que quizá habían pasado desapercibidas y entender que el pasado no tenía por qué decidir por completo lo que venía después.

Hablar de propósito fue hablar de posibilidad: de reconocer que todavía había caminos por imaginar y decisiones por tomar.

El proyecto de vida apareció entonces no como una fórmula ni como una meta lejana, sino como una construcción. Una que podía empezar con algo tan íntimo como ponerle nombre a una fortaleza, recuperar confianza, reconocer un valor propio o atreverse a imaginar un futuro distinto.

Durante tres meses, el proceso acompañó a 35 jóvenes a recorrer esas preguntas. No para decirles qué camino seguir, sino para recordarles algo esencial: su historia todavía se estaba escribiendo.

Volver a los hechos